Gabriel

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Gabriel, cuyo nombre viene de Gabar- Fuerza y El-Dios. significa hombre de Dios o Dios se ha mostrado fuerte. Es uno de los ángeles más poderosos que tiene el cielo. Las iglesias católicas, ortodoxas  y algunos protestantes lo consideran, junto con el Islam, un arcángel. En el Islam se considera a Gabriel como el que reveló a Mahoma el Corán. La tradición islámica coloca a Gabriel que en árabe se llama Yibril, lo coloca en un puesto privilegiado ya que fue el medio a través el cual Dios designo a Mahoma como su profeta para que revelase el Corán. Por tanto es un ángel muy respetado en el mundo musulmán ya que al mencionar su nombre  ellos repiten la frase “la paz sea con el”.
En el Talmud, Gabriel aparece como el destructor de las huestes de Senaquerib en Sanedrín 95b “Armado con una afilada guadaña que existe desde la creación”. También en la literatura Judía se dice que Gabriel fue el que mostró a José el camino, el que previno a la reina Vasti de comparecer desnuda ante el rey Asuero y sus invitados, y que fue uno de los ángeles que enterró a moisés.
Los Musulmanes creen que Gabriel acompañó a Mahoma a su asunción al cielo, y fue informado sobre la oración islámica (Bukhari 1:8:345). los musulmanes piensan que Gabriel desciende a la tierra una noche en los últimos 10 días del sagrado  mes del ramadán del calendario islámico. Gabriel se le asocia al color azul, a la dirección oeste o al elemento agua. Su caballo se llama Haizum. Es definido como el ángel de la anunciación, resurrección , misericordia, venganza, muerte y revelación.
El nombre de Gabriel aparece por primera vez en Daniel 8: 16-26 y luego en el período profético de las 70 semanas de Daniel 9:21-27. Anunció a Zacarías el nacimiento de Juan el Bautista. Lucas 1:11-20 e informó a María del nacimiento de Jesús en Lucas 1:26-38.
Como está en la presencia de Dios, la tradición pos bíblica lo describe como arcángel pero no se le llama así en la Biblia. También se lo menciona en la literatura apócrifa, como por ejemplo el apocalipsis de Moisés 40:1, 1 Enoc 9:1; 10:9; 20:7; 40:9; 50:6, etc. O protegiendo o vigilando su trono .

Enviado para explicar a Daniel la profecía de la 70 semanas
Profetas y Reyes, pág.408:
«Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y haz; no pongas dilación, por amor de ti mismo, Dios mío: porque tu nombre es llamado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo.» (Dan. 9: 4-19.)
El Cielo se inclina para oír la ferviente súplica del profeta. Aun antes que haya terminado su ruego por perdón y restauración, se le aparece de nuevo el poderoso Gabriel y le llama la atención a la visión que había visto antes de la caída de Babilonia y la muerte de Belsasar. Y luego le esboza en detalle el período de las setenta semanas, que había de empezar cuando fuese dada «la palabra para restaurar y edificar a Jerusalem.» (Vers. 25.)
La oración de Daniel fue elevada «en el año primero de Darío» (Vers. 1), el monarca medo cuyo general, Ciro, había arrebatado a Babilonia el cetro del gobierno universal. El reinado de Darío fue honrado por Dios. A él fue enviado el ángel Gabriel, «para animarlo y fortalecerlo.» (Dan. 11: 1.)

Auxilió a Daniel ante Ciro, rey de Persia
Profetas y Reyes, pág. 418-419
Mientras Satanás estaba procurando influir en las más altas potestades del reino de Medo – Persia para que mirasen con desagrado al pueblo de Dios, había ángeles que obraban en favor de los desterrados. Todo el cielo estaba interesado en la controversia. Por intermedio del profeta Daniel se nos permite vislumbrar algo de esta lucha poderosa entre las fuerzas del bien y las del mal. Durante tres semanas Gabriel luchó con las potestades de las tinieblas, procurando contrarrestar las influencias que obraban sobre el ánimo de Ciro; y antes que  terminara la contienda, Cristo mismo acudió en auxilio de Gabriel. Este declara: «El príncipe del reino de Persia se puso contra mí veintiún días: y he aquí, Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme, y yo quedé allí con los reyes de Persia.» (Dan. 10: 13.) Todo lo que podía hacer el cielo en favor del pueblo de Dios fue hecho. Se obtuvo finalmente la victoria; las fuerzas del enemigo fueron mantenidas en jaque mientras gobernaron Ciro y su hijo Cambises, quien reinó unos siete años y medio.

Apareció a Daniel interpretando la profecía del Carnero y el Macho Cabrío
Daniel 8:15-26

Este ángel esta en la presencia de Dios según Lucas 1:19
Deseado de todas las Gentes, pág. 73-74
A la pregunta de Zacarías, el ángel respondió: «Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y soy enviado a hablarte, y a darte estas buenas nuevas.» Quinientos años antes, Gabriel había dado a conocer a Daniel el período profético que había de extenderse hasta la venida de Cristo. El conocimiento de que el fin de este período se acercaba, había inducido a Zacarías a orar por el advenimiento del Mesías. Y he aquí que el mismo mensajero por quien fuera dada la profecía había venido a anunciar su cumplimiento.
Las palabras del ángel: «Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios,» demuestran que ocupa un puesto de alto honor en los atrios celestiales. Cuando fue a Daniel con un mensaje, dijo: «Ninguno hay que se esfuerce conmigo en estas cosas, sino Miguel [Cristo] vuestro príncipe.* El  Salvador habla de Gabriel en el Apocalipsis diciendo que «la declaró, enviándola por su ángel a Juan su siervo.»3  * Y  a Juan,  el ángel declaró:74″Yo soy siervo contigo, y con tus hermanos los profetas.»4     ** *  ¡ Admirable  pensamiento, que el ángel que sigue en honor al Hijo de Dios es el escogido para revelar los propósitos de Dios a los hombres pecaminosos!

Deseado de todas las Gentes, pág. 201
Fue Gabriel, el ángel que sigue en jerarquía al Hijo de Dios, quien trajo el mensaje divino a Daniel.
Anunció el nacimiento de Jesús
Lucas 1:26-28
Auxilió a Cristo en el Getsemaní
Deseado de todas las Gentes, pág. 643-644
…y el poderoso ángel que está en la presencia de Dios ocupando el lugar del cual cayó Satanás, vino al lado de Cristo.  No vino para quitar de su mano la copa, sino para fortalecerle a fin de que pudiese beberla, asegurado del amor de su Padre.  Vino para dar poder al suplicante divino-humano.  Le mostró los cielos abiertos y le habló de las almas que se salvarían como resultado de sus sufrimientos.  Le aseguró que su Padre es mayor y más poderoso que Satanás, que su muerte ocasionaría la derrota completa de Satanás, y que el reino de este mundo sería dado a los santos del Altísimo.  Le dijo que vería el trabajo de su alma y quedaría satisfecho, porque vería una multitud de seres humanos salvados, eternamente salvos.
La agonía de Cristo no cesó, pero le abandonaron su depresión y desaliento.  La tormenta no se había apaciguado, pero el que era su objeto fue fortalecido para soportar su furia.  Salió de la prueba sereno y henchido de calma.  Una paz celestial se leía en su rostro manchado de sangre.  Había soportado lo que ningún ser humano hubiera podido soportar; porque había gustado los sufrimientos de la muerte por todos los hombres.
Los discípulos dormidos habían sido despertados repentinamente por la luz que rodeaba al Salvador.  Vieron al ángel que se inclinaba sobre su Maestro postrado.  Le vieron alzar la cabeza del Salvador contra su pecho y señalarle el cielo.  Oyeron su voz, como la música más dulce, que pronunciaba palabras de consuelo y esperanza.  Los discípulos recordaron la escena transcurrida en el monte de la transfiguración.  Recordaron la gloria que en el templo había circuido a Jesús y la voz de Dios que hablara desde la nube.  Ahora esa misma gloria se volvía a revelar, y no sintieron ya temor por su Maestro.  Estaba bajo el cuidado de Dios, y un ángel poderoso había sido enviado para protegerle.  Nuevamente los discípulos cedieron, en su cansancio, al extraño estupor que los dominaba.  Nuevamente Jesús los encontró durmiendo.
Mirándolos tristemente, dijo: «Dormid ya, y descansad: he aquí ha llegado la hora, y el Hijo del hombre es entregado en manos de pecadores.»
Aun mientras decía estas palabras, oía los pasos de la turba que le buscaba, y añadió: «Levantaos, vamos: he aquí ha llegado el que me ha entregado.»
No se veían en Jesús huellas de su reciente agonía cuando se dirigió al encuentro de su traidor.  Adelantándose a sus discípulos, dijo: «¿A quién buscáis?» Contestaron: «A Jesús Nazareno.» Jesús respondió: «Yo soy.» Mientras estas palabras eran pronunciadas, el ángel que acababa de servir a Jesús, se puso entre él y la turba.  Una luz divina iluminó el rostro del Salvador, y le hizo sombra una figura como de paloma.  En presencia de esta gloria divina, la turba homicida no pudo resistir un momento.  Retrocedió tambaleándose.  Sacerdotes, ancianos, soldados, y aún Judas, cayeron como muertos al suelo.
El ángel se retiró, y la luz se desvaneció.  Jesús tuvo oportunidad de escapar, pero permaneció sereno y dueño de si.  Permaneció en pie como un ser glorificado, en medio de esta banda endurecida, ahora postrada e inerme a sus pies.  Los discípulos miraban, mudos de asombro y pavor.

Fue quien resucitó a Jesús
Deseado de todas las Gentes, págs. 725-726
HABÍA transcurrido lentamente la noche del primer día de la semana.  Había llegado la hora más sombría, precisamente antes del amanecer.  Cristo estaba todavía preso en su estrecha tumba.  La gran piedra estaba en su lugar; el sello romano no había sido roto; los guardias romanos seguían velando.  Y había vigilantes invisibles.  Huestes de malos ángeles se cernían sobre el lugar.  Si hubiese sido posible, el príncipe de las tinieblas, con su ejército apóstata, habría mantenido para siempre sellada la tumba que guardaba al Hijo de Dios.  Pero un ejército celestial rodeaba al sepulcro.  Ángeles excelsos en fortaleza guardaban la tumba, y esperaban para dar la bienvenida al Príncipe de la vida.
«Y he aquí que fue hecho un gran terremoto; porque un ángel del Señor descendió del cielo.»* Revestido con la panoplia de Dios, este ángel dejó los atrios celestiales.  Los resplandecientes rayos de la gloria de Dios le precedieron e iluminaron su senda.  «Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve.  Y de miedo de él los guardas se asombraron, y fueron vueltos como muertos.»
¿Dónde está, sacerdotes y príncipes, el poder de vuestra guardia? –Valientes soldados que nunca habían tenido miedo al poder humano son ahora como cautivos tomados sin espada ni lanza.  El rostro que miran no es el rostro de un guerrero mortal; es la faz del más poderoso ángel de la hueste del Señor.  Este mensajero es el que ocupa la posición de la cual cayó Satanás.  Es aquel que en las colinas de Belén proclamó el nacimiento de Cristo.  La tierra tiembla al acercarse, huyen las huestes de las tinieblas y, mientras hace rodar la piedra, el cielo parece haber bajado a la tierra.  Los soldados le ven quitar la piedra como si fuese un canto rodado, y le oyen clamar: Hijo de Dios, sal fuera; tu Padre te llama.  Ven a Jesús salir de la tumba, y le oyen proclamar sobre el sepulcro abierto: «Yo soy  la resurrección y la vida.»  Mientras sale con majestad y gloria, la hueste angélica se postra en adoración delante del Redentor y le da la bienvenida con cantos de alabanza.

EGW, CBA, Tomo 5, pág. 1085
Hubo un gran terremoto antes de que alguno llegara al sepulcro.  El ángel más poderoso del cielo, el que ocupaba el lugar del cual cayó Satanás, recibió su orden del Padre y, revestido con la panoplia del cielo, quitó las tinieblas de su camino.  Su rostro era como un relámpago y sus vestidos blancos como la nieve.  Tan pronto como sus pies tocaron la tierra ésta tembló bajo su pisada.  Los guardias romanos estaban cumpliendo con su cansadora vigilancia cuando sucedió esta maravillosa escena, y se les dio fuerza para que soportaran el espectáculo, pues tenían que dar un mensaje como testigos de la resurrección de Cristo.  El ángel se aproximó a la tumba, apartó la piedra como si hubiera sido un guijarro, y se sentó sobre ella. La luz del cielo rodeó la tumba y todo el cielo fue iluminado con la gloria de los ángeles.  Entonces se oyó su voz: «Tu Padre te llama;  sal fuera» (MS 115, 1897).

Fue quien ascendió con Jesús al cielo
Deseado de todas las Gentes, págs. 770-771
Al llegar al monte de las Olivas, Jesús condujo al grupo a través de la cumbre, hasta llegar cerca de Betania. Allí se detuvo y los discípulos le rodearon. Rayos de luz parecían irradiar de su semblante mientras los miraba con amor. No los reprendió por sus faltas y fracasos; las últimas palabras que oyeron de los labios del Señor fueron palabras de la más profunda ternura. Con las manos extendidas para bendecirlos, como si quisiera asegurarles su cuidado protector, ascendió lentamente de entre ellos, atraído hacia el cielo por un poder más fuerte que cualquier atracción terrenal. Y mientras él  subía, los discípulos, llenos de reverente asombro y esforzando la vista, miraban para alcanzar la última vislumbre de su Salvador que ascendía. Una nube de gloria le ocultó de su vista; y llegaron hasta ellos las palabras: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo,» mientras la nube formada por un carro de ángeles le recibía. Al mismo tiempo, flotaban hasta ellos los más dulces y gozosos acordes del coro celestial.
Mientras los discípulos estaban todavía mirando hacia arriba, se dirigieron a ellos unas voces que parecían como la música más melodiosa. Se dieron vuelta, y vieron a dos ángeles en forma de hombres que les hablaron diciendo: «Varones Galileos, ¿qué estáis mirando al cielo? este mismo Jesús que ha sido tomado desde vosotros arriba en el cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.»
Estos ángeles pertenecían al grupo que había estado esperando en una nube resplandeciente para escoltar a Jesús hasta su hogar celestial. Eran los más exaltados de la hueste angélica,  los dos que habían ido a la tumba en ocasión de la resurrección de Cristo y habían estado con él durante toda su vida en la tierra. Todo el cielo había esperado con impaciencia el fin de la estada de Jesús en un mundo afligido por la maldición del pecado. Ahora había llegado el momento en que el universo celestial iba a recibir a su Rey. ¡Cuánto anhelarían los dos ángeles unirse a la hueste que daba la bienvenida a Jesús! Pero por simpatía y amor hacia aquellos a quienes había dejado atrás, se quedaron para consolarlos. «¿No son todos ellos espíritus ministradores, enviados para hacer servicio a favor de los que han de heredar la salvación?»

Estuvo con Juan en la Isla de Patmos
Deseado de todas las gentes, pág. 201
Fue a Gabriel, «su ángel,» a quien envió Cristo para revelar el futuro al amado Juan; y se pronuncia una bendición sobre aquellos que leen y oyen las palabras de la profecía y guardan las cosas en ella escritas.

Coronará a Cristo después del milenio
¡Maranata: El Señor viene! , pág.343
Satanás parece paralizado al contemplar la gloria y la majestad de Cristo.  El que en otro tiempo fue uno de los querubines cubridores, recuerda de dónde cayó.  El que fue serafín resplandeciente, «hijo de la aurora», ¡cuán cambiado se ve, y cuán degradado! Está excluido para siempre del consejo en que antes se lo honraba.  Ve ahora a otro que, junto al Padre, vela su gloria. Ha visto la corona colocada sobre la cabeza de Cristo por un ángel de elevada estatura y majestuoso continente, y sabe que la posición exaltada que ocupa este ángel habría podido  ser la suya.

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