EL VERBO SE HIZO CARNE

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EL VERBO SE HIZO CARNE:
¿Cómo Adán o como nosotros?

Hace algunos años asistí a la Escuela Sabática de una iglesia en Brooklyn, Nueva York. El repaso de la lección, dada en general, se desarrollaba cordial-mente bajo la dirección capaz de dos estudiantes de la Uni­versidad Andrews.
En este ambiente de tranquilidad, de súbito un herma­no se puso de pie y, quizá con malicia premeditada, hizo este sorprendente pronunciamiento: «Yo creo –dijo– que Cristo nació en pecado y fue formado en iniquidad», utili­zando las palabras de una versión popular de Salmo 51:5.
Mientras se sentaba (y no volvió a hablar más), se le­vantaron manos por todos lados. Todo el lugar se encendió de emoción. De alguna manera, instintivamente, la gente sabía que algo había de sospechoso en la afirmación de ese hermano. Parecían darse cuenta de que todo el que nace en esa condición necesita un salvador. Es un asunto que ha captado la reflexión y controversia cristiana a lo largo de los siglos.
De ello, la pregunta que tenemos ante nosotros: ¿Como Adán o como nosotros? ¿Como quién fue?
Al típico estilo oriental, Nicodemo inició su entrevista nocturna con Jesús con un bocado de cumplidos: «Rabí, sa­bemos que has venido de Dios como maestro, porque na­die puede hacer estas señales que tú haces…»
Jesús suavemente hizo a un lado los halagos y fue di­rectamente al punto: «El que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:1-3).
Intentando evitar la estocada espiritual de la observa­ción de Cristo, Nicodemo interpuso un enigma: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?» (versículo 4). La pregunta es importante debido al tema que estudia­mos, porque concentra fuertemente la atención, ya sea en forma indirecta o inadvertida, en el milagro y misterio de la encarnación. Es probable que Nicodemo no se diera cuenta de que estaba sentado en la presencia de quien era un espécimen vivo de un fenómeno infinitamente más complejo. Jesús era quien Miqueas describió como la perso­na cuyas «salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad» (Miqueas 5:2). Él era aquel descrito por Isaías co­mo «Dios fuerte, Padre Eterno» (Isaías 9:6).
Y la asombrosa afirmación del Nuevo Testamento es que esta misma persona entró, de hecho, en el vientre de una madre humana —una parte de su propia creación—, se desarrolló durante nueve meses como un embrión normal y después nació como un niño indefenso en un establo de Be­lén. ¡Absolutamente increíble para la mente! Elena de White dijo: «Cuando deseemos estudiar un problema profundo, concentremos nuestra mente en lo más maravilloso que ha­ya acontecido en la tierra o en el cielo: la encarnación del Hijo de Dios». La palabra castellana «encarnación» proviene de dos palabras latinas: in (significa «en») y caro o carnis (significa «carne»). Entonces, «encarnación» significa lite­ralmente «en carne» o, refiriéndose a Cristo, «llegar a ser carne».
En la Escritura la afirmación más clara de esta doctrina se encuentra en Juan 1:14: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (y vimos su gloría, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad».
La encarnación es la doctrina clave de la cristiandad, la doctrina central de la fe cristiana. Sin ella todo el canon de la Escritura se convierte en un documento sin sentido; una tontería. Aun así muchos cristianos a través de los siglos han tenido dificultad para aceptar la idea de la encarna­ción. Algunos, como los gnósticos, no pudieron aceptar la humanidad real de Jesús. Otros como los ebionitas (un grupo primitivo de cristianos judíos), no pudieron aceptar la divi­nidad real del Salvador. El amargo e intenso debate inicial y la controversia que surgió de estas comprensiones conflictivas de Cristo, duró 300 años, hasta el Concilio de Nicea en el año 325 d.C. Los delegados a ese concilio, representando a toda la cristiandad, finalmente llegaron a un acuerdo en cuanto a la divinidad y humanidad de Cristo. Cito del cre­do niceno: «Creemos en un Dios, el Padre Todopoderoso… y en un Señor, Jesucristo… unigénito, no creado, de la misma sustancia (homooúsios) que el Padre, a través de quien todas las cosas llegaron a la existencia…
«Quien a causa de nosotros los hombres, y a causa de nuestra salvación descendió y se encarnó, llegando a ser hombre, sufrió y resucitó al tercer día, ascendió a los cielos, y vendrá a juzgar a vivos y a muertos».
Pero si Cristo fue tanto hombre como Dios, entonces ¿cómo estaban combinadas la humanidad y la divinidad en una sola persona? ¿Cómo se relacionaban? ¿Era un esqui­zofrénico? ¿Era una sola persona, o dos personas? Era una asunto de inmensa complejidad teológica, y ocupó la aten­ción de teólogos y filósofos por otros 125 años, hasta que se definió en el Concilio de Calcedonia en el 451 d.C.
Aquí esta la declaración, o por lo menos parte de ella, que resultó de ese concilio. Noten la precaución extrema del lenguaje utilizado al servicio de este gran misterio. Ob­serven el cuidado que se presta para cerrar toda evasiva y encontrar un camino a través de todas las dificultades teoló­gicas que habían engañado a muchos a lo largo de los si­glos. Es un resonante testimonio a la erudición cuidadosa y reverente.
«Entonces, siguiendo a los santos padres (es decir, los apóstoles, los primeros padres de la iglesia), todos nosotros con una voz enseñamos… que nuestro Señor Jesucristo es uno y el mismo Dios, el mismo perfecto en la divinidad, el mismo perfecto en la humanidad, verdadero Dios, verda­dero hombre… en todas las cosas como nosotros, excep­tuando sólo el pecado… uno y el mismo Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, dado a conocer en dos naturalezas (que existen) sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, la diferencia de naturalezas de ninguna manera habiendo sido hechas a un lado a causa de la unión, pero en cambio las propiedades de cada una preservadas, y (ambas) concu­rriendo en una persona… no partidas o divididas en dos personas… sino uno y el mismo Hijo unigénito, el Logos di­vino, el Señor Jesucristo».
En este brillante credo, hay un pensamiento muy bien diseñado que enfatiza un asunto en el que muchos han naufragado. El pensamiento dice: «En todas las cosas como nosotros, exceptuando sólo el pecado».
¿Qué significa esto? Si Cristo en verdad se convirtió en un ser humano, ¿cómo fue capaz de evitar la infección uni­versal del pecado? ¿Fue realmente como nosotros, o fue co­mo Adán antes de la caída?
El camino delante de nosotros está lleno de minas y arenas movedizas y debemos abrirnos paso cuidadosamen­te. Pero al final se verá que el factor que implica el mayor peligro para nosotros son nuestros propios complejos y opiniones preconcebidas.
Estudiaremos primero el cuadro bíblico, y después, de­bido a que este es un libro primordialmente para adventis­tas, los escritos de Elena de White. Obviamente no pode­mos presentar todas las citas y textos sobre el tema. Sin em­bargo, nada esencial para el tema será esquivado o escon­dido debajo de la alfombra. Y sacaremos nuestra conclu­sión a la luz de la evidencia completa.
La afirmación del Nuevo Testamento
Me desconciertan quienes entre nosotros presentan la evidencia de la humanidad real de Cristo como si fuera un punto en el cual los adventistas necesitamos convencernos. Según mi propia observación, la mayoría (si no lo son to­dos) de los adventistas aceptan plenamente el hecho de la humanidad de Cristo, y es difícil que haya necesidad de multiplicar los argumentos para defender el punto.
Pero para no parecer negligente en este aspecto, aquí presento un breve resumen de la evidencia, casi en la exacta forma como todos los estudiantes del seminario de la Uni­versidad Andrews lo han recibido de labios de quien ha si­do durante largo tiempo profesor de Teología allí, el Dr. Raoul Dederen.

  1. En el Nuevo Testamento se describe a Cristo como quien poseía los elementos esenciales de la naturaleza hu­mana; carne y sangre. «Así que, por cuanto los hijos partici­paron de carne y sangre, él también participó de lo mismo para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte» (Hebreos 2:14). Y Juan afirma que «todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios» (1 Juan 4:2, 3).
  2. Tuvo una madre humana. «Pero cuando vino el cum­plimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley» (Gálatas 4:4).
  3. Cristo estuvo sujeto a las leyes normales del desarrollo humano. La Biblia dice que «crecía en sabiduría, en esta­tura y en gracia para con Dios y los hombres» (Lucas 2:52; compárese con Lucas 2:40, 46). El libro de Hebreos dice que «a través del sufrimiento aprendió (llegó a entender) lo que es la obediencia» (Hebreos 5:8).
  4. Experimentó las deficiencias físicas que caracterizan a los seres humanos normales. Por ejemplo, tuvo hambre (Mateo 4:2; 21:18), sed (Juan 4:7; 19:28), fatiga (Mateo 8:24) y cansancio (Juan 4:6).

Así que, si creemos en la Biblia, no podemos tener du­das en cuanto a la humanidad real de Cristo. Hablando de la humillación de Cristo, Pablo declara que «se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres» (Filipenses. 2:7). Y otra vez, en Romanos afirma que Je­sús vino en «semejanza de carne de pecado» (Romanos 8:3). Vi­no a ayudarnos, dice el autor de Hebreos, «por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser mi­sericordioso y fiel sumo sacerdote» (Hebreos 2:17).
Es el colmo de la malicia, para no decir deshonestidad, crear la impresión de que la mayoría de los adventistas no creen en el humanidad real del Salvador. Digamos con toda claridad que las prédicas en cuanto a la naturaleza humana de Cristo Jesús son un desperdicio para la mayoría de noso­tros. Creemos en ella. La predicamos. La enseñamos. Nuestra iglesia sería anticristiana si no creyera así. ¿Puedo hacerlo más claro?
No obstante, hay sólo una «pequeña» excepción que al­gunos de nosotros hemos tratado de hacer entender. Llega­remos a ella a su debido tiempo. Y esa única «pequeña» ex­cepción ¡hace una enorme diferencia!
Elena de White confirma la humanidad de Cristo
Cuando nos dirigimos a los escritos de Elena de White, encontramos una multitud de declaraciones con un énfasis similar al encontrado en el Nuevo Testamento. Aquí hay una muestra.
«La humanidad del Hijo de Dios es todo para nosotros. Es la cadena áurea que une nuestra alma con Cristo, y me­diante Cristo, con Dios. Esto ha de ser nuestro estudio. Cristo fue un verdadero hombre. Dio prueba de su humil­dad al convertirse en hombre».
«Cristo efectuó la redención del hombre por medio de su obediencia a todos los mandamientos de Dios. Esto no fue hecho saliéndose de sí mismo [de su divinidad], sino tomando consigo [entrando en] la humanidad… Cristo to­mó la naturaleza humana para que los hombres pudieran ser uno con él como él es uno con el Padre, para que Dios amara al hombre como ama a su Hijo unigénito, para que los hombres fueran participantes de la naturaleza divina y fueran completos en él».
«Desde toda la eternidad, Cristo estuvo unido con el Padre, y cuando se revistió de la naturaleza humana, siguió siendo uno con Dios. Él es el vínculo que une a Dios con la humanidad».
«No podía venir en la forma de un ángel, pues a menos que se encontrara con el hombre como hombre y testificara mediante su relación con Dios que no le había sido dado poder divino en una forma diferente a como nos es dado a nosotros, no podía ser un ejemplo perfecto para nosotros».
«Cristo ascendió al cielo llevando una humanidad san­tificada y sagrada. Llevó esa humanidad consigo a las cor­tes celestiales, y a través de los siglos eternos la retendrá, como Aquel que redimió a cada ser humano que está en la ciudad de Dios».
«Cuando Jesús tomó la naturaleza humana y se convir­tió en semejanza de hombre, poseía el organismo humano completo. Sus necesidades eran las necesidades de un hombre».
«Con profundo interés, la madre de Jesús miraba el de­sarrollo de sus facultades… Mediante el Espíritu Santo reci­bió sabiduría para cooperar con los agentes celestiales en el desarrollo de este niño que no tenía otro padre que Dios».
«Al tomar nuestra naturaleza, el Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que nunca se ha de romper».
«Para que él pudiera cumplir su propósito de amor por la raza caída, se hizo hueso de nuestro hueso y carne de nuestra carne… la Divinidad y la humanidad fueron miste­riosamente combinadas, y el hombre y Dios se volvieron uno».
«Al tomar sobre sí la naturaleza humana en su condi­ción caída, Cristo no participó en lo más mínimo en su pe­cado. Estuvo sometido a las debilidades y flaquezas por las cuales está rodeado el hombre».
«Cristo, que no conocía en lo más mínimo la mancha o contaminación del pecado, tomó nuestra naturaleza en su condición deteriorada».
«Habría sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del Edén. Pero Jesús aceptó la hu­manidad cuando la especie se hallaba debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia. Y la historia de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran aquellos de­fectos. Mas él vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado».
«Cuando Cristo inclinó la cabeza y murió, echó por tie­rra las columnas del reino de Satanás. Derrotó a Satanás con la misma naturaleza sobre la cual él había obtenido la victoria en el Edén. El enemigo fue vencido por Cristo con su naturaleza humana. El poder de la Deidad del Salvador estaba oculto. Venció con la naturaleza humana dependien­do de Dios para su poder. Este es el privilegio de todos. Nuestra victoria será en proporción a nuestra fe».
Estas son afirmaciones poderosas, escritas para nuestro ánimo y consolación. Jesús es realmente uno con nosotros. Sabe lo que sentimos. Él comprende. Y Elena de White nos informa que «Cristo ascendió al cielo llevando una humani­dad santificada y sagrada…. y a través de los siglos eternos la retendrá, como Aquel que redimió a cada ser humano que está en la ciudad de Dios».
Entonces la solidaridad de Cristo con nosotros es real y permanente.
Estas son afirmaciones adventistas. No debemos esqui­varlas, y el libro Questions on Doctrine no las esquivó, en contra de los cargos hechos por Andreasen y sus actuales seguidores. Consiga una copia, si puede, y mire las páginas 653-658. Las afirmaciones más fuertes que he incluido aquí, fueron citadas allí. No decimos la verdad si pretendemos lo contrario.
Estas son buenas declaraciones. Eso es lo que Dios hizo por nosotros. Va mucho más allá de mis expectativas más optimistas. Y a menudo me encuentro a mí mismo querien­do decir: «Querido Dios, estás yendo muy lejos. Es sufi­ciente que se haya hecho como nosotros. Pero no necesita permanecer como nosotros. No me preocupa si regresa a su estado original». «Pero no –Dios me dice–, ¡la solidari­dad de Cristo con la familia humana es para siempre!»
Desde otro ángulo
De algún modo, hay adventistas que han desarrollado una obsesión por estas declaraciones de afinidad. Lo cierto es que se escuchan tan categóricas, que el novato nunca sospechará de inmediato que puede haber algunos ate­nuantes. Aunque fácilmente podríamos perdonar al novato, encontramos simplemente asombroso que haya veteranos que tengan ganas de sacar conclusiones únicamente de parte de la evidencia total.
Porque mientras es claro que Cristo compartió una afi­nidad muy cercana con nosotros, la evidencia también in­dica que fue, al mismo tiempo, diferente de nosotros. El li­bro de Hebreos lo describe como «santo, inocente, sin man­cha, apartado de los pecadores» (Hebreos 7:26). Y en las pala­bras del apóstol Juan, «no hay pecado en él» (1 Juan 3:5) Esto no significa simplemente que no cometió pecado; conclusión a la que llegan rápidamente los novatos. Significa mucho más. Significa que en tanto Salmo 51:5 («He aquí en maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre») se aplica a todo descendiente de Adán, no se aplicó a él.
De hecho, si examinamos cuidadosamente los pasajes de Romanos y Filipenses que hablan acerca de la afinidad de Cristo con nosotros, observaremos algo muy significati­vo. En el texto de Filipenses, el apóstol describe a Cristo co­mo «tomando la forma [morfé, la misma naturaleza] de sier­vo» (Filipenses 2:7). La palabra morfé es una palabra fuerte, usada anteriormente en el mismo pasaje cuando describe la afini­dad de Cristo con el Padre antes de la encarnación. Segura­mente entonces, el apóstol quiere indicar la plenitud (100%) del estado de siervo de Cristo.
Pero cuando llega al asunto de la afinidad ontológica de Cristo con nosotros (es decir, la semejanza de Cristo con nosotros con respecto a la esencia de su ser y naturaleza), Pablo cambia a una palabra más sutil. Dice que Cristo «fue hecho semejante a los hombres» (Filipenses 2:7), usando la palabra griega homoiómati. Entendemos mejor este cambio crucial cuando lo comparamos con el texto paralelo en Romanos. Allí Pablo describe a Cristo enviado «en semejanza [homoió­mati] de carne de pecado» (Romanos 8:3).
En su respetado léxico del Nuevo Testamento, William Arndt y F. W. Gingrich proveen alguna idea esclarecedora en cuanto a la posible razón para el uso de este término. Observan que la palabra homoióma (de la que deriva ho­moiómati), como es usada en Romanos 8 y Filipenses 2, po­dría sugerir una de dos ideas: (1) «Que el Señor en su mi­nisterio terrenal poseyó una forma completamente humana y que su cuerpo físico era capaz de pecar como los cuerpos humanos», o (2) «que él sólo tenía la forma de un hombre, y se miraba como hombre… mientras que en realidad perma­necía como ser divino aun en este mundo».
¿Pero cuál, si es que alguna, de estas posibilidades cru­zó por la mente de Pablo? Al respecto, Arndt y Gingrich llegaron a la siguiente conclusión: «A la luz de lo que Pa­blo dice acerca de Jesús en general es seguro afirmar que su uso de nuestra palabra (homoióma) tiene como fin resaltar ambas cosas: que Jesús en su carrera terrenal fue semejante al hombre pecaminoso y, sin embargo, no absolutamente igual a él».
La validez de esta conclusión parece evidente por el contexto del pasaje de Romanos. Porque allí la preocupa­ción del apóstol era destacar cuan vital fue la venida de Cristo para romper la desesperanza de nuestro aprieto en el pecado. «Lo que era imposible para la Ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al peca­do en la carne» (Romanos 8:3). Obviamente, si Cristo hubiera venido con nuestra naturaleza pecaminosa –100% como  nosotros–, entonces «la justicia de la Ley» (versículo 4) habría permanecido sin cumplirse como siempre, frustrada por su naturaleza carnal. Para expresar por una parte el hecho de la afinidad y solidaridad de Cristo con nosotros, y al mis­mo tiempo su crucial distinción con nosotros –una distin­ción que hace un mundo de diferencia para nosotros–, Pa­blo cuidadosamente utilizó la palabra griega homoióma (se­mejanza).
Pero alguien podría cuestionar en este momento que estoy olvidando algunos de los pasajes citados anterior­mente del libro a los Hebreos, pasajes que indican que Je­sús fue completamente como nosotros.
No, no lo estoy olvidando. El más fuerte de estos pasa­jes es: «Por lo cual debía ser en todo semejante a sus herma­nos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote (Hebreos 2:17).
Nosotros deberíamos ser cuidadosos de no diluir el cla­ro significado de las Escrituras o esquivar su impacto. Pero tampoco nos podemos arriesgar a ser dogmáticos literalistas cuando un texto o pasaje está claramente abierto a otras interpretaciones.
En este caso tenemos una clara evidencia empírica, de que toda persona que nace en este mundo inmediatamente está en necesidad de redención. Por lo tanto, si tomamos una interpretación literal de Hebreos 2:17, y concluimos que no hay diferencia en absoluto entre Cristo y nosotros, nos enfrentaremos inevitablemente a problemas teológicos in­superables, como será hará claro al finalizar este capítulo.
Por ahora, desengañémonos del literalismo inapropiado, comparando las expresiones aparentemente categóricas utilizadas en Hebreos 2:17 (en cursiva arriba) con expresio­nes similares utilizadas en otras partes de la Escritura, que difícilmente querríamos interpretar en la misma forma cate­górica. Génesis 5:5 dice que Abraham dio «todo cuanto te­nía» a Isaac. Pero en el siguiente versículo le encontramos dando dones a los hijos de sus concubinas antes de despe­dirlos. Si había dado literalmente «todo cuanto tenía» a Isaac, ¿dónde pudo encontrar otros dones para darles a sus de­más hijos?
En Génesis 9:3 y 4, Dios informó a Noé que «todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento [comi­da]». Pero sabemos por otros pasajes (Levítico 11, por ejemplo), que «todo» en ese contexto no era categórico.
En 1 Timoteo 4:4 encontramos que Pablo dice que «todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se to­ma con acción de gracias», pero ninguno de nosotros sal­dría y comería como si Pablo nos hubiera dado licencia para darnos el lujo de comer indiscriminadamente de todo lo que hay en el supermercado, ¿no es cierto?
Dios nos ordena por medio de Pedro, «por causa del Señor, someteos a toda institución humana» (1 Pedro 2:13). Sin embargo tenemos una muy buena idea de lo que debe­mos hacer cuando las ordenes humanas entren en conflicto con las de Dios, como el mismo Pedro nos lo demuestra cuando dijo «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:28,29; compárese con 4:19, 20).
En Romanos 14:20 Pablo declara que «todas las cosas a la verdad son limpias». Pero, ¿qué significa eso? Si los cris­tianos del siglo XX estaban buscando licencia para comer todo lo que desearan, ¿podrían encontrar consuelo en este texto? ¿No deberían examinar el contexto de las declaracio­nes de Pablo, y comparar la Escritura con la Escritura? Y cuando dice en Romanos 11:26 que «todo Israel será salvo», ¿no estamos obligados a hacer el mismo tipo de evalua­ción?
En 1 Corintios 5:7 Pablo (citando Salmo 8:6) indica que Dios había puesto «todo» bajo los pies de Cristo. Pero in­mediatamente introduce una excepción: «Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa a aquel que sujetó a él todas las cosas».
Sin embargo, cuando llegamos a Hebreos 2:17 y pasa­jes similares, pareciera que tomáramos la posición de que no se necesita interpretación. Y tan excesivos somos algu­nos de nosotros en nuestra posición preferida, que nos ha­cemos impenetrables a cualquier lógica teológica en la ma­teria, por así decirlo.
Como vimos en el capítulo 2, A. T. Jones fue forzado a confrontar las consecuencias de insistir en una afinidad ab­soluta, de 100%, debido a una declaración muy clara de Elena de White, a la que alguien que preguntaba le había llamado la atención. Según Elena de White: «[Cristo] se hermana con nuestras flaquezas, pero no alimenta pasiones semejantes a las nuestras”. Jones fue forzado a considerar que si la afinidad era absoluta, ¿esto incluía la mente de Cristo? ¿Tuvo él una mente carnal?
Vimos cómo Jones intentó evadir el problema, sin éxito en mi opinión. No se puede insistir en un 100% de afinidad y luego exceptuar la mente de Cristo. En castellano claro, sólo mencionarlo es una tontería. Como cualquier niño de escuela sabe, la mente es una parte esencial del cuerpo. Sin el­la tenemos a una persona incompleta; en realidad, una no-persona. Si continuamos insistiendo en un 100% de afini­dad, no hay forma de esquivar este problema. ¡Debemos ad­mitirlo!
De manera que hemos de reconocer que todo discurso humano debe ser comprendido en este contexto. Cuando le decimos a un huésped: «Siéntase usted como en su casa; mi casa y todo lo que hay en ella es suyo», estamos deseando que nuestro visitante se sienta cómodo y se cree una atmós­fera de informalidad y relajación. Pero uno ciertamente no lo quiere decir en forma literal. Y nuestro sabio huésped no lo tomará como un permiso para examinar todos los cajo­nes y nuestros documentos privados.
Unos jóvenes amigos llegan de visita, y el padre le dice a su hijo: «¡Llévalos adonde quieras!, ¡muéstrales todo!, ¡es tu noche libre en la ciudad!, ¡vívanla!, ¡disfrútenla!» Si un buen padre adventista le dice eso a su responsable hijo ad­ventista, ambas partes (padre e hijo) tendrán un mutuo en­tendimiento de lo que esas palabras connotan y lo que no. Ambos sabrán que no constituyen una licencia para la fri­volidad y la disipación. Y si los visitantes también son cris­tianos, entenderán perfectamente que esas palabras del pa­dre fueron dichas con un entendimiento de límites claros en la mente. Nosotros malentenderíamos todo el espíritu del mensaje comunicado, si no supiéramos las convicciones morales y religiosas básicas de los que están involucrados.
Con este trasfondo en la mente, podemos entender que la frase «en todo» de Hebreos 2:17 quiere decir que Cristo llegó a ser como nosotros en toda forma esencial. En otras pa­labras, el fue un ser humano real, sujeto a las vicisitudes, peli­gros y limitaciones que nos amenazan a todos nosotros.
El problema con algunos de nosotros –para los que la naturaleza humana de Cristo se ha convertido en una ob­sesión–, es que han descuidado considerar toda la eviden­cia. Su empresa es tan urgente que no tienen tiempo para detenerse y considerar todos los hechos.
En esta discusión, no hemos esquivado el hecho de que Cristo es como nosotros. Al contrario, hemos presentado la evidencia; tanto de la Biblia como de los escritos de Elena de White. Por otro lado, sin embargo, no nos atrevemos a esconder debajo de la alfombra la evidencia de la diferencia de Cristo con nosotros, que encontramos en la Escritura y también en los escritos de Elena de White.
La diferencia en declaraciones de Elena de White
Elena de White me asombra una y otra vez. No asistió a ningún seminario o escuela teológica. No recibió instruc­ción sobre teología sistemática; y esto es evidente cuando se lee sus voluminosos escritos. Pero en los aspectos críti­cos de la teología cristiana, es más directa y profunda de lo que han sido muchos teólogos preparados a lo largo de los siglos. A continuación, en unas pocas declaraciones claves, está la forma como expresó el hecho de la diferencia esen­cial entre Cristo y nosotros. En cada caso, he destacado las palabras que son más directamente pertinentes al argumentó que desarrollamos aquí.
«Él [Cristo] había de ocupar su puesto a la cabeza de la humanidad tomando la naturaleza, pero no la pecaminosidad del hombre”,
«Él oró por sus discípulos y por sí mismo, y así se iden­tificó con nuestras necesidades, nuestras debilidades y nuestras flaquezas, que son tan comunes con la humani­dad. Fue un poderoso suplicante, sin poseer las pasiones de nuestras naturalezas humanas caídas, pero concebido con nuestras dolencias, tentado en todo así como nosotros».
«Él es nuestro ejemplo en todo. Se hermana con nues­tras flaquezas, pero no alimenta pasiones semejantes a las nues­tras. Como no pecó, su naturaleza rehuía el mal».
Justo en este punto, antes de avanzar más, permítanme una interrupción para yuxtaponer la argumentación de Andreasen acerca de lo mismo, con el fin de que puedan ver por ustedes mismos si todos los que pretenden tener a Ele­na de White de su lado realmente la tienen. Vuelvan a leer las dos declaraciones previas del Espíritu de Profecía y des­pués recuerden la declaración de Andreasen citada en el capítulo anterior: «Questions on Doctrine, página 383, aseve­ra que Cristo estaba exento. El Espíritu de Profecía aclara que Cristo no estaba exento de las tentaciones y pasiones que afligen a los hombres. Quien acepte esta nueva teología de­be rechazar los Testimonios. No hay otra opción».
¿Podemos creer lo que ven nuestros ojos? ¿Está el em­perador completamente vestido, o completamente desnu­do? Aquí Elena de White nos dice una cosa y Andreasen (que pretende ser una autoridad en sus escritos) nos dice que ella enseñó otra cosa. Todavía si hubiera encontrado este fenómeno una vez, pero lo he encontrado cientos de veces en los escritos de los portavoces del ala derecha del adventismo contemporáneo. Estoy profundamente preocu­pado por esta forma irresponsable (casi podría decir desho­nesta) de manejar la evidencia.
Ahora regresemos a las declaraciones de los escritos de Elena de White en donde establece la diferencia de Cristo con nosotros.
«Tomó sobre sí la naturaleza humana, y fue tentado en todo sentido como es tentada la naturaleza humana. Podría haber pecado; podría haber caído, pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal» (en énfasis es mío).
¿Se contradijo a sí misma?
A primera vista, los dos grupos de afirmaciones (sus declaraciones de semejanza y de diferencia) parecen con­tradictorias. Si «tendencia al mal» (o «pasiones») se refiere a una tendencia innata o inherente hacia el pecado, una dis­posición favorable hacia él, una tendencia o inclinación en esa dirección, ¿cómo puede uno decir que Cristo tomó la naturaleza humana después de 4.000 años de degeneración y aun así no fue infectado por esta enfermedad, este cáncer, este virus que ciertamente nos ha infectado a todos y del cual todos necesitamos liberación? ¿Se contradijo ella a sí misma?
Una clave para explicar esta aparente contradicción ha sido sugerida por Tim Poirier, del Patrimonio de Elena G. de White. Poirier encontró en los escritos del Rev. Henry Melvill, uno de los autores que Elena de White leyó con cuidado mientras preparó su material sobre la encarnación, un sermón titulado «La humillación del hombre Cristo Je­sús». En este sermón Melvill sustentaba que la caída tuvo dos consecuencias básicas: (1) «flaquezas [o dolencias] ino­centes», y (2) «tendencias pecaminosas». Por «flaquezas inocentes» Melvill pensaba en características como hambre, dolor, debilidad, aflicción y muerte. Aunque estas son consecuencias del pecado, no son pecaminosas. Por ejem­plo, el pecado introdujo el dolor, pero el dolor en sí mismo no es pecado. Son flaquezas inocentes. Sin embargo Melvill también habló de «tendencias pecaminosas». Estas se refie­ren a propensión o tendencias al mal.
Resumiendo su posición, Melvill hizo claro que desde su punto de vista, Adán no tenía ni flaquezas inocentes, ni tendencias pecaminosas. Por otro lado, nosotros nacimos con ambas. No obstante, Cristo tomó lo primero (flaquezas inocentes), pero no las segundas (tendencias pecamino­sas).
Por lo tanto, como Elena de White estaba familiarizada con estas distinciones en el sermón de Melvill, parece razo­nable concluir que ella usó la expresión «tendencias peca­minosas» en un sentido similar al de Melvill. Ahondar en el laberinto de las definiciones formales del diccionario, co­mo lo hizo Larson, parece forzado, antinatural y no con­vincente.
En consecuencia podríamos concluir que en lo que con­cierne a Elena de White, Cristo no era ni exactamente como Adán antes de la caída ni como nosotros. En otras palabras, fue único. Esta es la forma más sencilla y natural de entender las aparentes contradicciones de sus afirmaciones.
Entonces ahora la pregunta final es: ¿Por qué Cristo fue único?
La posición del Nuevo Testamento es muy clara. El mundo entero está «bajo pecado». «No hay justo, ni aun uno» (Romanos 3:9, 10). Nadie puede jactarse. «Para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios» (versículo 19). «Por la transgresión de uno solo reinó la muerte» y «por la desobediencia de un hombre muchos fueron constituidos pecadores» (Romanos 5:17,19). Histórica­mente esto es lo que los teólogos toman en cuenta cuando hablan del pecado original.
Se reconoce que pecado original no es del todo una ex­presión afortunada. Sin embargo, algunos adventistas la han denigrado sin un cuidadoso análisis de su significado. Fundamentalmente, el concepto de pecado original significa que a causa del pecado de Adán, toda la raza humana ha sido infectada por el pecado y que por lo tanto el mundo en­tero (incluyendo a los bebés) tienen necesidad de un Salva­dor.
Sin embargo, sin utilizar la expresión «pecado original» (y quizás afortunadamente), Elena de White se refiere al mismo problema humano descrito por el apóstol y por los teólogos a lo largo de los siglos: «Por la herencia y por el ejemplo, los hijos llegan a ser participantes de los pecados de sus progenitores. Las malas inclinaciones, el apetito per­vertido, la moralidad depravada… se transmiten como un legado de padres a hijos, hasta la tercera y cuarta genera­ción». «Mientras [Adán y Eva] fuesen obedientes a Dios, el maligno no podría perjudicarles… Pero si cedían a la tenta­ción, su naturaleza se depravaría».
Ella describe el pecado como «lepra… que es arraigada, mortífera e imposible de ser eliminada por el poder huma­no –todos han sido infectados, dice–. Pero Jesús, al venir a morar en la humanidad, no se contamina. Su presencia tie­ne poder para sanar al pecador» (el énfasis es mío).
Como lo vimos desde el primer grupo de afirmaciones que citamos de Elena de White, ella vigorosamente defen­dió la afinidad de Cristo con nosotros, su identificación con nosotros en nuestra difícil situación. En mis clases sobre Cristología, nunca me canso de enfatizar una afirmación particular de ella, cuya belleza arcaica de la literatura del siglo XIX la hace aún más fuerte en su énfasis: «Cristo no aparentó que tomaba la naturaleza humana –dijo–; la tomó de verdad. Poseyó verdaderamente la naturaleza humana» (el énfasis es mío).
Pero como un padre que, después de encomendar a su hijo que viaja a la universidad a dedicarse con empeño y a estudiar duro, equilibra su fuerte consejo con la importan­cia de la recreación y la sociabilidad, Elena de White vio necesario traernos de regreso al centro con una serie de ad­vertencias cuidadosamente pensadas, como hemos visto hasta ahora.
Su más notable afirmación con respecto a la singulari­dad de Cristo –que algunos autores han luchado fuerte­mente por ocultar o hacer a un lado mediante explicaciones forzadas–, llegó en una carta de 1895 al pastor W. L. H. Baker y su esposa, misioneros norteamericanos que enton­ces servían en Tasmania.
Escribió acerca de la transmisión del pecado: «Estos amados hijos recibieron de Adán una herencia de desobe­diencia, culpa y muerte». ¿Compartió Cristo la misma ex­periencia? Su respuesta fue decidida y enfática: «Sed cuida­dosos, sumamente cuidadosos en la forma en que os ocu­páis de la naturaleza de Cristo. No lo presentéis ante la gente como un hombre con tendencias al pecado. Él es el segundo Adán. El primer Adán fue creado como un ser pu­ro y sin pecado, sin una mancha de pecado sobre él; era la imagen de Dios. Podía caer, y cayó por la transgresión. Por causa del pecado su posteridad nació con tendencias inherentes a la desobediencia. Pero Jesucristo era el unigénito Hijo de Dios. Tomó sobre sí la naturaleza humana, y fue tentado en todo sentido como es tentada la naturaleza humana. Podría haber pecado; podría haber caído, pero en ningún momento hubo en él tendencia alguna al mal» (el énfasis es mío).
Con el deseo de explicar cómo fue posible que Cristo evitara la infección universal del pecado, su siguiente paso fue destacar que el nacimiento de Jesús fue completamente diferente al nuestro: «Un milagro de Dios», dijo, citando Lucas 1:31-35. Este pasaje de Lucas termina con estas pala­bras de los labios de Gabriel: «El Espíritu Santo vendrá so­bre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios» (Lucas 1:35).
«Estas palabras –dijo– no se refieren a ningún ser hu­mano, sino al Hijo del Dios infinito».
Entonces sigue su más fuerte advertencia en la carta: «Que Cristo pudiera ser tentado en todo como lo somos nosotros y sin embargo fuera sin pecado, es un misterio que no ha sido explicado a los mortales. La encarnación de Cristo siempre ha sido un misterio, y siempre seguirá siéndolo. Lo que se ha revelado es para nosotros y para nuestros hijos; pero que cada ser humano permanezca en guardia para que no haga a Cristo completamente humano, como uno de nosotros, porque esto no puede ser» (el énfasis es mío).
Y la razón para esta singularidad es simple. Él no sólo vino para darnos ejemplo, sino para ser nuestro Salvador. Si el fuera totalmente como nosotros –100%–, si él hubiera compartido con nosotros exactamente la misma forma de herencia de pecado y culpa que todos recibimos de Adán, entonces hubiera sido un Salvador lisiado. Pero más aún, él mismo tendría necesidad de un Redentor. Sin embargo, dice Elena de White, «él no necesitaba expiación».
Fue «santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores… que no tiene necesidad… como aquellos sumo sa­cerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pe­cados». La antigua economía designaba sacerdotes que ne­cesitaban luchar con sus propias flaquezas. Pero Dios de­signó a Jesús «hecho perfecto para siempre» (Hebreos 7:26-28).
Entonces Cristo Jesús vino como un ser humano real. Un ser humano en cada sentido esencial de la palabra. Uno con nosotros. Pero no uno de nosotros. «En todas las cosas co­mo nosotros, excepto sólo el pecado [experimentado y here­dado]», para ser nuestro Salvador y Ejemplo.
Y en realidad, ¿qué necesitábamos más? ¿Un ejemplo? ¿O un Salvador? Para mí, un Salvador. Doy gracias a Dios con todo mi corazón por enviarlo como mi ejemplo, ¡pero agradezco aún más a Dios por enviarlo como mi Salvador!

 

Comentarios de Elena de White, Comentario bíblico adventista; tomo 7, p. 916.   

Citado en John M. Davidson Kelly, Early Christian Creeds [Los primeros cre­dos cristianos], pp. 215,216.

Citado en J. Allan González, A History of Christian Thought [Historia del pensamiento cristiano], t. 1, pp. 390, 391.

Elena de White, Mensajes selectos, tomo 1, p. 286.

Comentarios de Elena de White, Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 939.

Mensajes selectos, tomo 1, pp. 267, 268.

Comentarios de Elena de White, Comentario bíblico adventista, tomo 7, pp. 936, 937.

Ibíd., tomo 6, p. 1054.

Ibíd., tomo 5, p. 1104.

El Deseado de todas las gentes, p. 49.

Ibíd., p. 17.                                

The Faith I Live By [La fe por la cual vivo], p. 48.

Comentarios de Elena de White, Comentario bíblico adventista , tomo 5, p. 1105.

Mensajes selectos, tomo 1, p. 296.

El Deseado de todas las gentes, p. 32.

Comentarios de Elena de White, Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1083.

Ibíd., tomo 6, p. 1054.

A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature [Léxico Griego-Inglés del Nuevo Testamento y otra literatura cristiana primiti­va], p. 567.

Ibíd.

Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 218.

Comentarios de Elena de White; Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 937.

Testimonies, tomo 2, pp. 508,509.

Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 218.

. L. Andreasen, Letters to the Churches [Cartas a las iglesias], Serie A, N» 1, «The Encarnation. Was Christ Exempt?» [La encarnación. ¿Estaba Cristo exento?], p. 3.

Comentarios de Elena de White: Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1102. Ralph Larson ha hecho un tremendo esfuerzo para desviar el impacto de estas declaraciones acerca de las propensiones. Véase The Word Was Made Flesh, pp. 23-28. Encuentro que sus explicaciones son artificiales e inventadas.

Véase «Sources Clarify Ellen White’s Christology» [Fuentes clarifican la cristología de Elena de White]», Ministry, diciembre de 1989, págs. 7-9.

Aquí la referencia de Melvill a hambre, dolor, aflicción y muerte debe ser probablemente entendida en el contexto de Apocalipsis 21:4. En este pasaje, refi­riéndose a la restauración final, el profeta dice que «no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron». Concluir de esta declara­ ción que Melvill creía que Adán antes de la caída no tenía sensores de dolor, por ejemplo, o que estaba por encima de la sensación de hambre, sería insostenible. De cualquier forma, juzgar la rectitud de la teología de Melvill no es nuestro propósito aquí. En cambio, nuestro objetivo es determinar el significado de las declaraciones de «propensión» en Elena de White.

Véase The Word Was Made Flesh, pp. 23-28.

Patriarcas y profetas, p. 314.

Ibíd., p. 35.

El Deseado de todas las gentes, p. 231.

Comentarios de Elena de White; Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1105.

Véase The Word Was Made Flesh, páginas 324-328, donde Larson sugiere que el problema de Baker era el adopcionismo, una herejía del siglo III que sugirió que Cristo no era el hijo de Dios en el momento del nacimiento, sino mas bien que fue subsecuentemente adoptado por el Padre y el Hijo. La evidencia dada por Larson para esta explicación forzada es ingeniosa; sin embargo, es totalmente artificial.

Comentarios de Elena de White: Comentario bíblico adventista, tomo  5, p. 1102. Véase también Ellen G. White Manuscript Releases [Manuscritos liberados de Elena de White], tomo 13, pp. 14-30.

Ibíd., tomo 5, p. 1103. Por el contrario, Ron Spear, por ejemplo, sostiene que «Cristo recibió de su madre, María, la misma naturaleza humana caída que nosotros recibimos de nuestras madres», Our Firm Foundation [Nuestro Firme Fundamento], agosto de 1993, p. 2.

Ibíd., t. 5, p. 1103.

Review and Herald [Revista y Heraldo], 21 de septiembre de 1886; véase también Questions on Doctrine, p.. 677.

Categorías: La Deidad

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