El don profético

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Los profetas y las profecías eran conocidos en el antiguo Cercano Oriente fuera de la Biblia. Los textos de Mari de la Mesopotamia (siglo XVIII a. C.) se refieren a "profetas" (nabu) que proveían conducción a los reyes mediante sus augurios. En el antiguo Egipto, una clase especial de sacerdotes llamados "servidores de dios" interpretaban sueños y oráculos (cf Génesis 41). La historia egipcia de Wen-Amun registra que mientras Wen-Amun estuvo en Fenicia (c. 1090 a. C.), un joven sirviente de la corte fenicia cayó en un trance y entregó un oráculo que autenticaba la misión de Wen-Amun.1

A lo largo de la historia, hubo personas que hicieron predicciones, algunas de las cuales ocurrieron. En el siglo XVI, Nostradamus supuestamente "previó y predijo casi cada acontecimiento histórico importante de Francia y crisis en muchos otros países.2 Tycho Brahe, el astrólogo oficial de Rodolfo II de Austria, se dice que predijo dos años antes de que aconteciera la Gran Plaga que barrió Europa en 1665. En abril de 1929, basado en el sueño de un corredor de bolsa que lo había consultado, el psíquico o médium Edgar Cayce predijo un derrumbe de la bolsa. Seis meses más tarde, ocurrió el gran derrumbe de Wall Street. y a mediados de 1961, se informó que Jean Dixon predijo que Dag Hammerskjold, el secretario general de las Naciones Unidas moriría en un accidente de aviación a mediados de septiembre. Hammerskj61d perdió la vida en un accidente de aviación el 18 de septiembre de 1961.3 Todas estas personas, ¿fueron inspiradas por Dios? ¿Tuvieron ellas el don de profecía bíblico?

En las Escrituras, las personas a las que Dios otorgó el don de profecía fueron personas que caminaban con Dios. No era que no pecaran, pero se esforzaban por vivir en armonía con la voluntad revelada de Dios. Tenían una relación personal con Dios. No hay evidencia de que este fue el caso de los psíquicos mencionados arriba. ¿De qué modo, entonces, pudieron hacer predicciones tan exactas?

Hablando de los ídolos en Ecrón (ver 2 Rey. 1: 2), Elena de White escribió: "Las predicciones allí expresadas, y la información dada, procedieron directamente del príncipe de las tinieblas. Satanás creó y mantiene el culto de los ídolos, para desviar de Dios las mentes de los hombres. Su agencia sostiene el reino de las tinieblas y la falsedad" (R&H, 27 de junio de 1882). Satanás es bien capaz de predecir eventos y luego hacer que sucedan.

Los patriarcas como profetas

La palabra hebrea nabí (profeta) se refiere a una persona a quien Dios ha llamado para comunicar sus mensajes a la humanidad. El vocablo nabí está relacionado con el antiguo verbo babilonio nabu, "llamar". En Babilonia, se dirigían repetidamente al rey como "el llamado (nibft) por los grandes dioses".4 De este modo, un profeta era alguien que había recibido un llamado divino y que generalmente era una figura religiosa independiente y carismática. "No tenía derecho hereditario a ese cargo, ni podía apropiarse del título de nbhft’ por virtud de nombramientos políticos".5

Generalmente no pensamos en Noé como profeta, pero las Escrituras nos dicen que él caminó con Dios (ver Gén. 6: 9) y recibió mensajes de él (ver 6: 13, 14; 7: 1; 8: 15). Noé tenía unos 480 años de edad cuando Dios anunció que destruiría la tierra con un diluvio (ver 6: 3; cp. 7: 6). Obedeciendo las instrucciones de Dios, Noé construyó un barco en el cual él y su familia se salvaron (ver 7: 7, 13; 1 Pedo 3: 20). Sin embargo, Noé hizo más que sencillamente construir un arca para salvar a su familia, pues 2 Pedro 2: 5 dice que él fue un "pregonero [predicador, NVI] de justicia". Durante 120 años advirtió a sus conciudadanos de la catástrofe inminente, pero solo unos pocos creyeron y fueron salvados (ver 1 Pedo 3: 20).

No se sabe mucho acerca del profeta Enoc. Él también caminó con Dios, dice la Escritura, y fue trasladado al cielo sin morir (ver Gén. 5: 24). En Hebreos 11 está entre los héroes de la fe, y Judas menciona la tradición de que Enoc proclamó la Segunda Venida de Cristo y el juicio de Dios sobre los impíos (ver Jud. 14, 15).

La primera persona llamada profeta en la Biblia es Abraham (ver Gén. 20: 7). Después que le dijo a Abimelec, rey de Gerar, que Sara era su hermana, y después que Abimelec la mandó a buscar, Dios le habló a Abimelec en un sueño y amenazó con destruirlo si se acercaba a Sara. Cuando Abimelec protestó de que había actuado "de buena fe y sin mala intención" (20: 5, NVI), Dios le dijo: "Ahora, pues, devuelve la mujer a su marido; porque es profeta, y orará por ti, y vivirás" (20: 7).

El profeta de los profetas

Moisés fue el primer miembro de la nación de Israel que fue llamado a ser profeta. Nacido de padres hebreos que vivían como esclavos en Egipto, fue adoptado por la hija de Faraón y educado en toda la sabiduría de Egipto. Su preparación incluía las tradiciones religiosas y legales del antiguo Cercano Oriente, así como el servicio al gobierno en el mayor imperio que el mundo había visto hasta ese tiempo.

Moisés creyó que él liberaría a su pueblo del yugo de la esclavitud, pero fracasó en su intento de rescatar a su pueblo por su propio poder y tuvo que huir a Madián (ver Éxo. 2: 15). Mientras vivía en Madián cuidando las ovejas de su suegro Jetro, Moisés recibió la educación que lo preparó para su futuro papel como el libertador de Israel, enviado por Dios. "Mientras vivía en el exilio el Señor envió a sus ángeles para que lo instruyeran especialmente con respecto al futuro. Allí aprendió más plenamente las grandes lecciones del dominio propio y la humildad. Pastoreó las manadas de Jetro, y mientras llevaba a cabo sus humildes deberes como pastor, el Señor lo estaba preparando para que se convirtiera en el pastor espiritual de sus ovejas, es a saber, el pueblo de Israel" (HR 113).

Después de cuarenta años en Madián, Moisés regresó a Egipto con la seguridad de que Dios estaría con él. Debía conducir a Israel al salir de Egipto y llevarlo a Canaán. Las diez plagas de Éxodo 7 al 11 vencieron la resistencia del faraón que no quería dejar ir a Israel, y después de una serie de milagros por el camino, Moisés, bajo la dirección de Dios, condujo a Israel desde Egipto hasta las fronteras de la Tierra Prometida. Allí el pueblo escuchó el informe de los diez espías acerca de la gente que vivía en Canaán y se desanimó tanto que decidieron regresar a Egipto (ver Núm. 14: 4). Esta demostración de incredulidad condujo a Dios a amenazar con la destrucción del pueblo de Israel, y esto impulsó a Moisés a interceder por ellos. Como consecuencia de esta rebelión, el pueblo de Israel tuvo que peregrinar otros treinta y ocho años en el desierto (ver Deut. 2: 14), y la generación que se rebeló contra Dios murió por el camino, con la excepción de Josué y Caleb.

El evento más trágico de la vida de Moisés, quien fue llamado el hombre más manso de la tierra (ver Núm. 12: 3), sucedió en Cades. Allí, en lugar de hablar a la roca como Dios le había ordenado hacer, Moisés golpeó la roca para sacar agua de ella (ver Núm. 20: 8-12). Este único acto de desobediencia le impidió entrar en la Tierra Prometida, reacordándonos que un pecado acariciado y no confesado nos impedirá entrar al reino. "Un solo pecado que se conserve", dice Elena de White, "irá depravando el carácter, y sujetará al mal deseo todas sus facultades más nobles" (PP 481, 482).

Poco antes de su muerte, Moisés les dijo a los israelitas: "Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oíd" (Deut. 18: 15). Esta profecía fue cumplida inicialmente por medio de Josué y los profetas que lo siguieron. Encontró su cumplimiento máximo con la aparición del Mesías, que fue el Profeta que conduciría al pueblo de Dios desde la esclavitud del pecado hasta la Canaán celestial.

Muchos años después de la muerte de Moisés, cuando Josué escribió los versículos finales de Deuteronomio, dijo: "y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara" (Deut. 34: 10). No hubo otro profeta como Moisés hasta el tiempo del Mesías, quien, dice el libro de Hebreos, no solo fue el mayor de todos los profetas, incluyendo a Moisés (Heb. 3: 3), sino aun mayor que los ángeles (1: 4). Después de todo, él fue "Dios […] manifestado en carne" (1 Tim. 3: 16).

Profetas y reyes

A lo largo de todo el tiempo de la monarquía, los profetas tuvieron la libertad de reprender a los reyes y príncipes en el nombre del Señor (ver 1 Sam 13: 13, 14; 1 Rey. 20: 41-43). Les recordaron a los gobernantes que su soberanía no era ilimitada, que el gobierno y los juicios de Dios estaban por encima del gobierno de los reyes. La capacidad que tenían los profetas de hablar con toda claridad, señalando los pecados de la gente y de sus gobernantes, fue de gran importancia en la historia de Israel. Esto los puso aparte de los así llamados profetas de otras naciones. "Las amenazas de juicios lanzadas por los profetas contra los reyes y los príncipes, constituye un contraste notable con la ansiedad, muchas veces demostrada de los adivinos asirios, ‘de explicar, para la comodidad de sus amos, las señales amenazantes que no podían negar y que habían observado"’.6

Esta independencia de los profetas bíblicos hizo posible que el profeta Natán reprendiera al rey David por su crimen contra Urías heteo (ver 2 Sam. 12: 1-13). La autoridad profética de Natán también fue la razón por la que David no construyó el templo (ver 7: 12-17), y fue la intervención de Natán la que aseguró el ascenso de Salomón al trono (ver 1 Rey. 1: 11-14).

Después de la división de la nación para formar el reino del norte (Israel) y el reino del sur (Judá), en 931 a. G, Jeroboam, el primer rey de Israel edificó dos centros de adoración para su pueblo del norte, uno en Betel y el otro en Dan. Él razonó en su corazón: "Si este pueblo subiere a ofrecer sacrificios en la casa de Jehová en Jerusalén; el corazón de este pueblo se volverá a su señor Roboam, rey de Judá, y me matarán a mi y se volverán a Roboam rey de Judá" (1 Rey. 12: 26, 27). Mientras Jeroboam estaba oficiando como sacerdote en la dedicación del nuevo altar en Betel, un profeta de Dios protestó: "Altar, altar, así ha dicho Jehová: He aquí que a la casa de David nacerá un hijo llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los lugares altos que queman sobre ti incienso, y sobre ti quemarán huesos de hombres" (1 Rey. 13: 2).

Esta profecía se cumplió literalmente unos trescientos años más tarde cuando Josías, rey de Judá (639-609 a. G), demolió el altar en Betel. "y se volvió Josías, y viendo los sepulcros que estaban allí en el monte, envió y sacó los huesos de los sepulcros, y los quemó sobre el altar para contaminado, conforme a la palabra de Jehová que había profetizado el varón de Dios, el cual había anunciado esto" (2 Rey. 23: 16).

Cuando el rey Acab y su esposa Jezabel introdujeron el culto de Baal en Israel, el reino del norte, Elías y otros profetas condujeron la lucha contra ese culto (ver 1 Rey. 18; 20: 13-43). Jezabel hizo que algunos de ellos fueran muertos por causa de su oposición (ver 1 Rey. 18: 4, 13, 22; 19: 10-14; 2 Rey. 9: 7). Luego, no habiendo podido persuadir a uno de sus ciudadanos, llamado Nabot, que le vendiera su viña, Acab y Jezabel lo hicieron acusar falsamente y lo hicieron matar. Pero tan pronto como murió Nabot, el profeta Elías apareció proclamando en el nombre de Dios: "En el mismo lugar donde lamieron los perros la sangre de Nabot, los perros lamerán también tu sangre, tu misma sangre" (1 Rey. 21: 19). Esta profecía se cumplió cuando, el día que el rey Acab murió en la batalla, algunos "lavaron el carro en el estanque de Samaria; y los perros lamieron su sangre (y también las rameras se lavaban allí), conforme a la palabra que Jehová había hablado" (1 Rey. 22: 38).

La voz de los profetas era la voz de autoridad suprema, expresando el punto de vista y la voluntad de Dios. Sus palabras no sólo competían con las decisiones de los reyes o con el consejo de los sacerdotes, sino que con frecuencia los profetas desafiaban y aun condenaban las palabras y los hechos de los sacerdotes, de los falsos profetas, de los príncipes y reyes (ver Isa. 3: 12, 14, 15; Jer. 2: 26; Miq. 3: 1-3, 11; Sof. 3: 4).

Profetisas en Israel

El liderazgo oficial de la adoración de Dios estaba en manos del sacerdocio aarónico. A diferencia de otras religiones del antiguo Cercano Oriente, la religión hebrea no tenía sacerdotisas. Sin embargo, tenía profetisas. Cinco mujeres en el Antiguo Testamento son llamadas "profetisas": María, Débora, HuIda, la esposa de Isaías, y Noadías. María era la hermana de Moisés y Aarón (ver Éxo. 15: 20). Débora fue una jueza de Israel (ver Juec. 4: 4). HuIda vivía en Jerusalén durante el tiempo de Josías (ver 2 Rey. 22: 14). En el caso de la esposa de Isaías, "profetisa" puede haber sido un título honorario (ver Isa. 8: 3). *

  • En el antiguo Cercano Oriente los títulos a veces se daban a las esposas o hijas de los oficiales; p. ej., en la Mishnah, la esposa y la hija de un sacerdote son llamadas sacerdotisas.

Y Noadías, cuyo nombre significa algo como "Yahweh se encontró con una citación", era una profetisa falsa asociada con Tobías y Sanbalat en oposición a Nehemías (ver Neh. 6: 14).

Junto con Moisés y Aarón, María ayudó a conducir a los israelitas fuera de Egipto, y transformados en una nueva nación. En Miqueas 6: 4, Dios les dijo a los israelitas: "Yo te hice subir de la tierra de Egipto, y de la casa de servidumbre te redimí; y envié delante de ti a Moisés, a Aarón y a María". Que ella sea llamada "profetisa" indica no sólo que ella compuso el canto que es ahora parte de las Escrituras (ver Éxo. 15: 21), sino también que Dios le habló a ella, algo que ella reclama en Números 12: 2. Elena de White confirma que María realmente tuvo el don profético. "Aarón y María habían ocupado una posición encumbrada en la dirección de los asuntos de Israel. Ambos tenían el don de profecía, y ambos habían estado asociados divinamente con Moisés en el libramiento de los hebreos" (PP 401). De acuerdo con una tradición judía, María llegó a ser la esposa de Hur, quien con Aarón sostuvieron en alto las manos de Moisés en la batalla con los amalecitas (ver Éxo. 17: 10-12).

María es recordada principalmente por dos cosas. Primero, después del milagro del cruce del mar Rojo y la destrucción del ejército egipcio, ella dirigió a las mujeres hebreas en un canto de alabanza (ver Éxo. 15: 20, 21). Esa fue la hora más importante de María. Ella fue la mujer más conocida de la nueva nación de Israel, y "ocupaba el segundo puesto después de Moisés y Aarón en los afectos del pueblo y los honores otorgados por el Cielo" (PP 401).

El segundo evento por el cual se recuerda a María es su rebelión contra el liderazgo de Moisés (ver Núm. 12). La misma clase de celo que había conducido a la caída de Satanás se apoderó del corazón de María. Por cuanto Moisés había aceptado el consejo de su suegro sin consultar a Aarón y María en el nombramiento de los setenta ancianos (ver Éxo. 18), ellos se sintieron dejados de lado. "En la organización del consejo de ancianos, creyeron que tanto su posición como su autoridad habían sido menospreciados. Nunca habían conocido María y Aarón la carga de cuidado y responsabilidad que había pesado sobre Moisés. No obstante, por haber sido escogidos para ayudarle, se consideraban copartícipes con él de la carga de dirigir al pueblo, y estimaban innecesario el nombramiento de más asistentes" (PP 402).

Una segunda razón para el celo de María fue el casamiento de Moisés con Séfora (ver Núm. 12: 2). Algunos eruditos piensan que Moisés se casó con una mujer cusita de piel oscura después de la muerte de Séfora la madianita (ver Éxo. 2: 15-21). "En Habacuc 3: 7, sin embargo, ‘Cusán" y Madián" aparecen en paralelo, lo que sugiere que los términos pueden ser sinónimos. Siendo que los pueblos de Nubia y de Etiopía eran de piel negra, posiblemente el término se aplicaba a otros pueblos nómadas de piel oscura como los madianitas".7

María puede haber pecado por causa del orgullo de su propia raza.  Tal vez le dijo a Moisés que él debería haber elegido una esposa de entre su propio pueblo. Ella complicó el problema al hacer público el asunto, lo que tendió a quebrantar la autoridad de Moisés entre los israelitas. Hay una ironía peculiar en su castigo. Ella se había quejado acerca de la mujer de piel oscura, y fue castigada quedando "leprosa como la nieve" (Núm. 12: 10). Su "piel blanca" no era saludable, y ciertamente no era como para estar orgullosa. Moisés intercedió por ella ante Dios, y después de siete días fue sanada de su lepra. Lo más probable es que la lepra de su corazón se fue junto con la lepra de su piel. No se informa más nada de ella, excepto su muerte y sepultura en Cades (ver Núm. 20: 1).

Débora, una profetisa y jueza en Israel (ver Juec. 4; 5), debe haber sido una mujer extraordinaria. En una sociedad dominada por los hombres, ella llegó a ser la dirigente política y espiritual de toda una nación, algo que pocas mujeres alcanzaban en esos días.

Durante veinte años, los israelitas crujieron bajo el yugo de Jabín, rey de Hazor. Finalmente, ellos recordaron su pasado, abandonaron su idolatría, y con corazones arrepentidos, clamaron a Dios pidiendo liberación. Y Dios los oyó. Sin embargo, el libertador que Dios envió no era un hombre, sino Débora, una mujer bien conocida por su piedad. Ella también era conocida como profetisa, y en ausencia de los magistrados comunes, ella llegó a ser jueza para su pueblo, quienes venían a ella pidiendo consejo y justicia.

"El Señor comunicó a Débora su propósito de destruir a los enemigos de Israel, la invitó a que buscara a un hombre llamado Barac [ … ] y le hiciera saber las instrucciones que ella había recibido. Fue así que ella buscó a Barac y le indicó que reuniera a diez mil hombres de las tribus de Neftalí y Zabulón e hiciera guerra contra los ejércitos del rey Jabín" (RJ 321).

La batalla entre los israelitas y los cananeos en el valle de Jezreel -también llamada la llanura de Meguido- llegó a ser un símbolo de la intervención de Dios en el castigo sobre las naciones y un símbolo de la liberación de su pueblo (ver Joel3: 12-16). En consecuencia, en el libro del Apocalipsis, la batalla final entre el bien y el mal es llamada la batalla de Armagedón (ver Apoc. 16: 12-16).  Meguido, de donde puede venir la palabra Armagedón ("monte de Meguido"), estaba a un lado de la llanura de Jezreel. Pero fue de un monte (monte Tabor) que Dios había designado previamente que Israel saliera a obtener la victoria contra la hueste que Dios había dicho que sería reunida contra ellos en ese valle.

De este modo, los 144.000 del Israel de Dios en el tiempo de la sexta plaga, como los 10.000 del Israel antiguo en las faldas del monte Tabor, han de mirar a Dios esperando liberación de sus opresores. Han de tomar su posición sobre el monte de la fe y obediencia, que domina el valle de la liberación.

Después de la derrota del ejército de Jabín, Débora asignó a Dios toda la alabanza por la victoria (ver Juec. 5: 3-5, 13). Ella rehusó aceptar alguna gloria para sí misma o para Barac. Como una "madre en Israel" (Juec. 5: 7), ella siguió vigilando a su pueblo con sus cuidados y consejos maternales y ayudándoles en su búsqueda de justicia.

Profetas en el Nuevo Testamento

La palabra profeta o profetisa aparece unas 160 veces en el Nuevo Testamento, mayormente en los evangelios (93 veces) y en el libro de los Hechos (31 veces). En la inmensa mayoría de los casos en el Nuevo Testamento, la palabra profeta se refiere a los profetas del Antiguo Testamento; sólo unas pocas veces se usa para personas que realmente vivían en tiempos del Nuevo Testamento.

Entre los profetas pre cristianos del Nuevo Testamento estuvo Zacarías, quien fue "lleno del Espíritu Santo, y profetizó" (Luc. 1: 67). Su esposa, Elisabet, quien también fue llena del Espíritu Santo, saludó a María como la madre del Mesías (ver Luc. 1: 41-43); y Simeón y Ana, en el templo (ver Luc. 2: 25-32, 36-38). Todos ellos eran judíos piadosos.

El profeta pre cristiano más destacado en el Nuevo Testamento fue Juan el Bautista. "De ningún [otro] profeta se afirma que fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre, Luc. 1: 15. Otros profetas, aun cuando Dios los eligió desde antes de su nacimiento (Jer. 1: 5), fueron llenos del Espíritu Santo y se les dieron tareas especiales solo como adultos. Juan está en categoría aparte. Él fue un profeta lleno del Espíritu desde el mismo comienzo; él es el profeta".8 Juan el Bautista no sólo fue el precursor del Mesías (ver Mal. 3: 1-3), sino también fue el profeta esperado, el Elías prometido (ver Mal. 11: 14).

De Jesús se dice que era profeta unas veinte veces. En la mayoría de los casos, es el pueblo que llama profeta a Jesús (ver Mat. 21: 11; Luc. 24: 19). En Marcos 6: 4 y Lucas 4: 24, sin embargo, Jesús se identifica a sí mismo, por implicación, como profeta.

Los profetas que vivieron en el tiempo del Nuevo Testamento son más bien escasos. Fuera de los profetas y maestros en Antioquía (Bernabé, Simeón llamado el Niger, Lucio de Cirene, Manaén, y Saulo, mencionado en Hechos 13: 1), los únicos otros profetas del Nuevo Testamento mencionados por nombre fueron "Judas y Silas" en Hech. 15: 32, y un profeta de nombre Agabo en Hechos 21: 10. A este grupo deberíamos añadir las cuatro hijas de Felipe el evangelista (Hech. 21: 9), aunque no conocemos sus nombres. Otros profetas no identificados se mencionan en Hechos 11: 27 y en 1 Corintios 14: 29 al 32.

En Efesios 4: 11 y 12, Pablo nos habla que Dios ha puesto apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros en la iglesia, para "perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo". En forma similar, en 1 Corintios 12: 28 y 29, Pablo enumera el don profético entre otros dones espirituales.


Referencias:

  • 1.  H. B. Huffmon, "Prophecy", Anchor Bible Dictionary, David Noel Freedman, ed. (Nueva York:

  • Doubleday, 1992),5: 447.

  • 2.  Justine Glass, They Foresaw the Future (Nueva York: G. P. Putman’s Sons, 1969), 120.

  • 3.  Ibid., 155, 224, 228.

  • 4.  R. K. Harrison, lntroduction to the Old Testament (Grand Rapids, Mich.: Wm. B. Eerdmans,

  • (1969), 742. 5.lbid.

  • 6.  Abraham Heschel, The Prophets (Nueva York: Harper and Row, 1962),2: 259.

  • 7.  J. K. Hoffmeier, "Zipporah", The International Standard Bible Encyclopedia, G. W. Bromiley, ed. (Grand Rapids, Mich.: Wm. B. Eerdmans, 1988),4: 1201.

  • 8.  Gerhard Friedrich, "Prophets", Theological Dictionary of the New Testament, Gerhard Friedrich, ed.

  • G. W. Bromiley, trans. (Grand Rapids, Mich.: Wm. B. Eerdmans, 1964-74),6: 837.

 


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